martes

clandestina y callada


pensé en el desamor, en esa irreparable falta de ternura, en lo que había sentido y en lo que ya no podía sentir. en la imposibilidad y la esperanza, esa angustiante manía de querer lo que no se puede, lo que no se debe querer.

parecía la noche y aún no había caído la tarde, parecía la noche por el enorme silencio. parecía la tarde y aún no había amanecido. era ese momento en que el insomnio evoca lo perdido, ese momento y no otro, en el que las ganas de gritar se vuelven inherentes, entonces, irrumpe el miedo.
impreciso y adverso.
el miedo agazapado en las guaridas del cuerpo. despótico.
las luces criminales y los gritos, el ruido escandaloso que impide que me escuches.
el vértigo y después, el deseo.

pensé en la caricia escasa. inadecuada siempre. y prohibida.
el inconsciente antojo de tocarte. de querer descubrir hasta dónde estaba permitido. de confesar.
y otra vez ahí, en medio de la noche oscura, la imposibilidad de amar.
la inconveniente manera de reclamar tu abrazo.
una vez más, la luz perturbadora. las ganas de matar.
y de morir.
el golpe brutal que ahoga mi palabra y sofoca el grito.
mi única súplica.

pensé en el desamparo. esa carencia extrema que me recorre toda.
la insensata demanda de mi espíritu. las ganas tremendas de escapar.
mi desconcierto y tu impasible modo de mirar sin verme.
el insolente secreto de mi alma. y de mi cuerpo.
por fin, el resplandor. sin indulgencia. sin otro propósito que confirmar lo inadecuado.
lo que no puede ser.

parecía la noche. clandestina y callada. parecía la tarde y aún no había amanecido.
era ese momento en que el insomnio me sorprende desnuda. y me vulnera.
entonces, irrumpe el miedo.