sábado

Elogio del silencio

Me pregunto como se puede extrañar tanto a alguien que no hablaba. O tal vez tenga que ver con eso. La ausencia de palabras. Un código entre dos. Las miradas. Sí, hablo de un perro. Me atrevo, lo escribo.

Extraño su silencio. Su presencia sin palabras. Esa mirada que entendía todo. Esa capacidad para entender cuando necesitaba que estuviera cerca, casi siempre al escribir, eso extraño tanto, mi perro, mis pies haciendo las veces de almohada y a la vez, él, un abrigo para mí. Siempre tuve los pies muy fríos. Ahora mismo, tengo los pies muy fríos.
Ilógica relación, tal vez, pensarán algunos, ¿tanto amor por un perro?, y no faltan los que aseguran que los perros te quieren porque los alimentás...jamás aceptaré esa idea, seguramente mi perro y yo estábamos juntos porque nos necesitábamos uno al otro, ¿pero acaso, las relaciones humanas no se basan justamente en que el otro tiene lo que a uno le falta y viceversa? ¿Existe alguna manera de explicar porqué dos almas se encuentran y de pronto siguen juntas? No me olvido que estoy hablando de un perro. ¿Qué no tienen alma los perros?, tal vez... ¿alguien sabe con certeza si los humanos tenemos alma?

Ayer leí que José Saramago quería ser recordado por haber creado el personaje de un perro que tomaba de una fuente las lágrimas de una mujer. Dice Saramago, “es la forma más perfecta que encontré para demostrar la compasión en la literatura”. Le quiero decir a Saramago, que él no creo ningún personaje, que ese perro no es una creación literaria, ni un hallazgo genial en la literatura: a mi perro le encantaban mis lágrimas, se las devoraba a lengüetazos, lo que nunca sabré es si era por compasión o porque le gustaba mucho más lo salado que lo dulce, como a mí.

Mi perro fue mutando de nombre, una manera de encontrar su identidad, hasta quedarse con uno, que aparentemente le gustaba mucho. Lo ponía feliz.
Cuándo era un bebé lo llamábamos Nonito, porque dormía demasiado, ya en su adolescencia fue Totó, pero después me di cuenta de que respondía al estímulo de otro nombre que escuchaba, siempre fuera de casa: cuando, por ejemplo, levantaba la pata dónde no debía o corría al encuentro de alguna señora con cara de pocos amigos: “¡¡esssseeepeeeerrrroooo!!”, lo divertía y le hacía mover la cola, algo parecido ocurría cuándo enamorado como pocos arremetía contra alguna perrita “bien”: “ ¡eseperrrrrooooooo!”, también yo solía escucharlo cuando después de haber contado maravillas de mi perro enseñaba una foto orgullosa y alguien decía: “¿¿esseperrooo??”, así fue que Totó aceptó encantado su nuevo nombre “eseperro”, como una especie de revancha a las ofensas ajenas.

Siempre en silencio. Si tuviera que definir mi relación con mi perro en una sola palabra, se me ocurre comunión. Una serie de convenciones que seguíamos al pié de la letra difícilmente franqueable por nadie más.
Recuerdo, ahora, aquel día: “Ese perro y vos están adentro de la película "La lección de piano”, en vez de llamarte Ana, vos te llamás Adha, me parece, siempre en silencio, sin música, sin radio, nada... ¿cómo pueden pasar tantas horas así?”. Claro, siempre algo rompía la magia, pero la mirada cómplice me decía que era sólo por un rato, después todo volvería a ser igual. Su silencio no era sumisión, era, en verdad, una elección. Una convención entre él y yo. Cuando había otros, ladraba, jugaba, se enojaba, era toda la vida junta.

Este texto un tanto caótico es un homenaje a su silencio. Tan necesario y único.
Por eso el recuerdo:
El silencio, también a la hora de la muerte. Un silencio que hizo que ese día, yo dejara de hacer lo que tenía planeado para regresar pronto a casa. La mirada sostenida, silenciosa. Comprendí que quería estar en mis brazos. Y así, en silencio, acurrucado en mi regazo decidió marcharse. La mirada sostenida.
Me pareció, en ese momento, que los dos habíamos comprendido.

En verdad, no puedo asegurar quien de los dos tiene alma, pero sin embargo, tuve la certeza de que nos habíamos amado.