sábado

nadar desnuda


Todos los días, cerca de la una de la tarde, Totó y yo, nos sentábamos en el cordón de la vereda a esperar su llegada.

Salíamos ansiosos a la puerta de calle porque nos gustaba verlo aparecer en su bicicleta, cuando todavía era casi imperceptible: un punto negro que empezaba a crecer a medida que se nos acercaba.

Me encantaba apoyar los pies descalzos en la tierra mientras lo esperaba.

Mi perro, lo veía siempre, antes que yo. Su cola en movimiento era el alerta para que, rápidamente, me pusiera los zapatos.
En cuanto lo veía, Totó, se largaba en loca carrera a su encuentro y yo lo seguía con mis zapatos a medio calzar.

Cuando lo alcanzábamos, exhaustos, a mitad de camino entre la entrada del pequeño pueblo y mi casa, él me subía a su bicicleta. Yo me abrazaba a su cuerpo y cerraba los ojos.

Erguido pero jadeante, Totó, caminaba apenas unos centímetros a nuestro costado, como un ladero que custodia un tesoro.

Esos viajes breves hasta casa, abrazada a mi padre, con la cara apoyada en su espalda y los ojos cerrados, es lo más parecido a la libertad que experimenté jamás.

En el pequeño trayecto, nadaba desnuda en un mar idéntico al que estaba pintado en ese libro antiguo que guardaba con celo la abuela.

Atravesaba el océano entero.
Vencía tormentas.
Llegaba a todos los puertos del mundo.
Conocía lugares secretos que nadie había visto. Y volvía a partir.
Mi cuerpo desnudo se confundía en el mar como si formara parte de él.
Me ocurrían todo tipo de sucesos. Nada me parecía imposible.
Lograba adueñarme de mi propio destino.

Nadaba desnuda en un mar al que sólo había visto dentro de un libro que, siempre, estaba muy bien guardado.

Descubría, por fin, lo que nunca me había sido revelado.

De pronto, abría los ojos. Totó, ya en la puerta de casa, movía la cola, frenéticamente.