jueves

plástico tornasolado

A la hora de la siesta me dejaban jugar en el desván donde había un baúl y un espejo antiguos que estimulaban en mí todo tipo de ilusiones.
Era, sin dudas, mi lugar preferido. Refugio para inventos y fantasías.

Una tarde encontré dentro del baúl una caja redonda y forrada con tela de raso. Al abrirla, envuelto en papel de seda, apareció el velo de novia que había visto en las fotografías, en la cabeza de mi mamá. Siempre me había llamado la atención. El reflejo de brillantes que se veían en las fotos eran, en realidad, piedritas de plástico tornasolado, muy pequeñas, que formaban una corona que no se cerraba y terminaba con un tul blanco y abullonado, no demasiado largo.
Lo primero que hice fue ponérmelo y mirarme en el espejo, que había perdido parte de su brillo. Esa imagen borrosa me acompañó, desde aquel día, todas las tardes que me dejaban jugar en el desván. Jugué con el velo tantas veces como las que había permanecido en esa habitación. No importaba si era actriz, mamá o maestra. Mi imagen reflejada y el ruido de los trenes que por entonces pasaban por el pueblo a toda hora, me transportaban a los lugares más bellos del mundo

Un día de verano, los padres de mi amiga, me invitaron a pasar una tarde de campo. Yo quería impresionarla con el velo blanco y me las ingenié, en escondidas de mi madre, para sacarlo de la caja y esconderlo en mi bolsa de la merienda. El velo fue partícipe de nuestros juegos inventados, fantasía de niñas, jugando a ser princesas.

De pronto el cielo se volvió negro y amenazante. Primero una brisa suave, después el viento soplando con bravura. Juntamos rápidamente nuestras cosas y corrimos hacia el automóvil que nos esperaba para ponernos a resguardo.
Ya en el auto, camino a casa, me di cuenta de que no tenía el velo. Ni en mi cabeza, ni en la cabeza de mi amiga, ni en mi bolsa de la merienda.

Miré por la luneta trasera del auto y lo vi.
Formaba parte de un remolino de viento y tierra. El velo blanco, que había sido parte del ajuar de novia de mi mamá, se elevaba y descendía arrastrándose por el suelo. Después se quedó enredado en un arbusto parecido a un cardo.
Vi, también, cómo entre el viento y el cardo, el velo iba desarmándose. Se convertía, de pronto, en muchos velos más pequeños, que esta vez no descendían, sólo se elevaban.
Se elevaban hasta desaparecer entre las nubes negras.

Mi amiga, lo vio también. Ese fue nuestro secreto.



El tiempo hace estragos en las personas, en los pueblos y sus casas.
Hace más de veinte años que me fui del pueblo donde pasé mi infancia.
Los trenes que habían sido el sueño de viajes que llevaban a otros mundos son, ahora, nostalgia en los más grandes y un momento de alboroto en los niños, cuando, de vez en cuando, escuchan el silbato de un carguero.
Mi padre ya no está.
Están, sí, la antigua casa y su desván.
Mi madre vive, aun, en ese pueblo pequeño de la llanura pampeana.
Y suelo visitarla.

Hace algunas horas, mientras ella descansaba, a la hora de la siesta, entré al desván. El espejo y el baúl, intactos, como si me hubieran esperado todos estos años. En el baúl, entre las cosas inservibles encontré la caja redonda forrada con tela de raso. Tan bien cerrada como la había dejado aquella tarde de verano. Al abrirla, vi el papel de seda que tenía, ahora, el color del abandono y algunas piedritas de plástico tornasolado.