viernes

mi querido Camus

Camus murió en una accidente automovílistico el 04 de enero de 1960, entre los papeles que encontraron dentro del automovil había un cuaderno con las notas y proyectos sobre “El primer hombre”, un texto bellísimo y autobiográfico. Admiro profundamente a Albert Camus como escritor y como hombre. A modo de homenaje, me atreví a imaginar sus últimas horas en un encuentro con Mersault y con el emblemático perro del viejo Salamano, los personajes creados por él en su maravillosa novela “El extranjero” ,entonces, escribí este texto:

El escritor, el extranjero, la camarera y el perro.

Aquella noche de enero no había una sola estrella en todo el cielo, ni siquiera la sombra de la luna. Un amenazante olor a lluvia se cernía sobre la delgada vereda.
Del lado de los números pares, se distinguía un pequeño bar, que tenía una iluminación muy extraña, casi de otro mundo. Era el único local abierto. Faltaban unos pocos minutos para empezar la medianoche.

La camarera, delgada y sutil, de pequeños ojos vivaces, ultimaba detalles después de un día de trabajo, sólo había un cliente, pero debía esperar que decidiera irse para poder cerrar, era un antiguo conocido del lugar y no merecía un gesto descortés. Solía venir todas las noches y pasaba largas horas escribiendo. Sólo se detenía, cuando la joven camarera reemplazaba su taza de café por otra caliente y humeante. Entonces él agradecía con una enorme sonrisa, encendía un cigarrillo y miraba hacia fuera, como esperando a alguien. Esta noche había hecho ese gesto más de lo habitual.

Unos golpes secos en la puerta de madera rompieron la armonía del momento.
"Cuatro breves golpes que daban en la puerta de la desgracia", recordó la camarera.
Ella y el escritor pudieron ver a través de los cristales, empañados por una tenue llovizna, a un perro que se había acurrucado en el umbral. Tenía poco pelo y la piel cubierta de placas y costras oscuras. Era viejo y encorvado. Con aspecto de haber recibido maltrato. El escritor abrió la puerta para que entrara. La camarera, sin disimular su agrado, preparó un plato con algunas sobras que el perro devoró rápidamente. Luego se echó a dormir debajo de una mesa.

Un instante después, entró al pequeño bar alguien que jamás había estado allí. De pronto la luz parecía haber cambiado. La camarera que era muy fisonomista no recordaba haberlo visto antes. Estaba extrañamente vestido. Había algo en él que lo hacía diferente del resto. Parecía un extranjero. Pero se dirigió sin dudarlo hacia la mesa del escritor y se sentó a su lado. Ambos se saludaron como si se conocieran desde siempre. La camarera llevó esta vez dos tazas de café caliente y después se quedó sentada en un rincón cerca del perro, mirando hacia la mesa, dónde parecía celebrarse un sublime ritual que el destino tenía preparado.
Un ligero resplandor iluminaba el rostro de los dos. Había comenzado a hacer calor.

No fue demasiado el tiempo que se quedaron hablando. O sí. Muchas veces la eternidad parece perdurar apenas un instante. Hablaban en un tono bajo, casi imperceptible. Sin embargo la camarera, cuyo rostro había tomado una palidez casi espectral, podía oírlos como si estuviera junto a ellos.

Los escuchó recordar su encanto por el mar, el cielo, las estrellas. Su pasión por las praderas y los manantiales claros. El embrujo en que el sol los envolvía.
Hablaron de lo que jamás habían comprendido. Lo absurdo de una vida siempre igual, sin cambios, armada de repeticiones y esquemas señalados, muchas veces imposibles de seguir. La opresión de lo establecido. De cómo se termina acostumbrándose a todo. Los crímenes cotidianos y las pequeñas condenas. De cómo los días pierden el nombre y sólo algunas palabras son las únicas que conservan un sentido. Aquel crimen y aquella condena definitiva. Y aquella tarde, en la que el mar había cargado un soplo ardiente y espeso.
El escritor y el extranjero tenían los ojos llenos de lágrimas. Dijeron que había cosas de las era mejor no hablar. Que de alguna manera todos seríamos condenados.

La camarera sintió un leve estremecimiento. El perro dio una vuelta sobre sí y volvió a recostarse en el mismo lugar.
El escritor se puso de pié, tomó su cuaderno y se dispuso a seguir al extranjero que lo esperaba en la puerta de salida.
Sobre la mesa dejó olvidada su lapicera. Ella corrió para entregársela, pero al salir lo vio subir a un automóvil gris. No tuvo tiempo de nada. El automóvil desapareció para siempre detrás de la llovizna densa.

La volátil camarera de ojitos vivaces, bajó las persianas, apagó la última luz, dio una definitiva vuelta de llave y empezó a caminar por la calle , que a esa hora de la madrugada parecía no tener fin. La seguía, lentamente, el perro viejo y encorvado.