sábado

Marguerite al atardecer


(un pequeño homenaje a mi escritora preferida)


Marzo comenzó hace tres días. Es la hora del atardecer. Marguerite mira el cielo púrpura. Sublime. Andrea la acompaña.

“Extraño los atardeceres”, había escrito. Más que nunca la escritura era su voz, ahora.

Ayer, Andrea acercó su cama a la ventana para que pudiera ver el cielo que tantas veces había compartido su silencio. Ese silencio que ella convertía en palabras, en gritos sin sonido. Escribir la había salvado de la muerte muchas veces.

El rojo del cielo de este atardecer sereno, se parece al rojo de los labios de esa mujer distante a la que veía tocar el piano. “Mamá y su mirada de hielo” escribió.

La imagen del desamor en esa niña casi adolescente, viajando en el tren que la llevaba a Burdeos se hizo nítida, como una pintura: Marguerite y su vestido claro con flores pequeñas, la capelina de rafia blanca con una cinta lila. Los ojos enormes. El carmín en sus labios. Un regalo de su madre. Un intento de acercamiento, una evocación, algo que la contuviera, que disimulara la caricia escasa. La falta de ternura. Siempre lamentó no haber podido amarla.

El dolor del recuerdo de su madre era como ese otro dolor lacerante, agudo, que atravesaba por momentos su garganta y que sólo se calmaba con una dosis, siempre un poco más alta, de morfina.

Aquella tarde, rumbo a Burdeos, Marguerite, tenía los pies casi desnudos. Unas sandalias pequeñas y claras. Las mismas que usaba en sus caminatas por los bosques de la villa dónde había nacido su padre. Le gustaba pasar los veranos en ese lugar, era como recuperar su abrazo. Ese abrazo que había dejado de sentir apenas cumplió los cuatro años. Las lluvias persistentes. El calor. La soledad de las arboledas. El miedo que le provocaba la crueldad de las cacerías. Las pequeñas lagunas. El cielo. Duras, se llamaba el pueblo de su padre. Y al nombrarse a sí misma de ese modo, había querido tal vez, retener en su nombre el amor que reclamaba su rebeldía. Esa carencia que la volvía frágil, vulnerable, incierta. Con un cuerpo caprichoso y ambiguo. Impetuosa y obstinada, a veces. Adorable, otras.

Marguerite se veía, ahora, en ese viaje en tren, niña adolescente, el rostro bello, sin el estigma del alcohol en las mejillas, sin la sombra del desamparo que provoca un hijo muerto. El cuerpo pequeño. Tembloroso. Fulgurante de deseo.

Dejó caer suavemente su cuaderno.

Andrea había bebido mucho. El alcohol, le había dicho ella, era lo único que podía acercarlo a Dios. Hizo un esfuerzo por levantar el cuaderno y acercarlo a las manos de Marguerite. Ella hizo un gesto leve, una insinuación. El cuaderno volvió a caer.

En este atardecer de domingo, sin una sola palabra, a una hora determinada desde siempre, Marguerite Duras, prefirió morir.