miércoles

acerca de escribir


Estos días, como tantos otros tengo cierto bloqueo para hacer lo que más me gusta, lo que más necesito, en realidad, que es escribir. Desde siempre el acto de escribir ha sido para mi una especie de necesidad biológica y la manifestación de diferentes síntomas, que varían, por supuesto, en relación a si puedo o no concretar esa necesidad. Así las cosas, mi obsesión pasa por salir del bloqueo. A veces echo mano a pensamientos de escritores que admiro, otras tomo prestadas sus palabras y otras, como hoy, me reescribo. Tomo, entonces, parte de un texto que publiqué en una entrada antigua que hace referencia, justamente, a mi relación con la escritura. En ese momento elegí la tercera persona (esto es lo maravilloso, poder ser otra y volver a ser yo las veces que quiero).
Hoy elijo la primera, va mi alma en ello:



la casa vacía. una hoja en blanco. mi desamparo y mi arrebato.

no recuerdo bien como fue.
cuándo sentí por primera vez que algo debía ser escrito.
cuándo comencé a necesitar con esa intensidad inexplicable, dejar una marca. algo que detuviera el tiempo. que definiera los sentidos.
estas ganas de gritar que me acompañan desde siempre.
la imposibilidad de hablar.
el aullido sofocado en mi garganta.

no lo dije aún, no pude.

procuro, a veces, entre signos y gramática, imágenes tangibles.

recupero, otras, lo que ya no está. vuelve a ser para mí tinta y papel. secreto y fascinación.

no lo dije.

la hoja en blanco. desde el principio. como todos los días. desde aquel impulso primero. aquella magia que instaba ser escrita.

el cine. una máquina nueva. y mi papá:
“si ponés una moneda en la ranura se convierte en chocolate”
entonces, ocurrió.
tenía que escribirlo. delinear la magia en el papel.
para no perderla. para no perderlo.

acaso haya sido, esa, la primera vez. el trazo grueso y desprolijo. apretando fuerte el lápiz hasta herir la hoja en blanco.
moneda convertida en chocolate. sortilegio convertido en palabras.

escribir.

el comienzo del ritual. el encuentro con mi voz.
las palabras como una forma de estar en el mundo.
comencé a escribir ante la imposibilidad de hablar. con torpeza.
sin convenciones ni reglas que impusieran un orden o un sentido. sólo marcas.
en un intento desesperado por vencer la indiferencia.

un día, el peor de los miedos irrumpió en mi cuerpo.
tuve miedo de los atardeceres.

y decidí gritar sin ruido.
revelé el enigma: escribir.
como una suerte de amparo a la falta de ternura.
al precio que tengo que pagar por la vacilación. por la falta de certezas.
por el impreciso modo de presentarme ante el mundo.


no lo dije, aún. lo intento.

la casa vacía. una hoja en blanco. mi desamparo y mi arrebato.