martes

a pocos pasos

aquí no hay nadie.
algunos asesinos tomaron el espejo y perfuman el aire
sin embargo, no hay nadie en esta multitud.

la poesía me duele en todo el cuerpo,
cuelga en esas vidrieras como una baratija.
una y otra vez se astilla en tantos ojos cerrados,
tiembla débilmente y en el último aliento
intenta un ruego entre el gentío.

alguna vez encendió la hermosura en la casa de la ausencia
en el umbral susurraba un sonido a lluvia
que hacía bello lo imposible
y a pocos pasos de la feroz distancia
el amor era centinela del pequeño jardín

pero ya no se refugian allí las caricias y los lápices,
ni el olor de los cuadernos nuevos,
ni las piedritas preciosas del retorno.
ahora sólo hay hilos invisibles,
sin nombre y sin memoria
que aprisionan las manos hasta ahorcarlas.