martes

un silencio perfecto


nada sana una herida.
ni aquel sombrero rojo.
ni esa muñeca sin brazos de ojos azules.
ni las luces alegres al costado de la almohada.
ni los fuegos de artificio
que encendían colores ardiendo como estrellas.

no sana una herida este paisaje imposible,
ni este desván de espejos rotos
no sana una herida esta plegaria triste de ángeles quietos
ni el sonido de la hierba creciendo en esplendor
detrás del muro donde se inmolaba el mundo

yo ví su exilio antes del hastío.
sus ojos aferrados a una sombra
que se alarga hasta el origen de los nombres.
y ví el asombro en aquel gesto de luto de las nubes.
un aullido mudo en la tormenta,
en la flamante lluvia oscura: un silencio perfecto.

así fueron, después, todos los abandonos.