sábado

el cielo de cristal

es otro atardecer,
no brilla en la ventana el rito del paisaje clandestino,
ni el aire envuelve mi cintura enamorada.
ahí afuera las luces de colores profanan golondrinas,
aquí adentro intento el amparo de esta casa.
pero hay un carnaval agazapado,
una farsa que juega a entregar el corazón
que remonta hasta el infierno al querido fulgor
y deja adornos de hojalata al costado de su lámpara.
parece que es lo mismo. todo da igual.
yo sigo en este lugar del espejismo
aquel jardín donde “la luz se hacía visible”
sigo atrapada en este cielo de cristal
que estalla en esquirlas de indolencia
sin embargo creo, a veces,
que haber tenido el alma a la intemperie
resistiendo tormentas, sosteniendo árboles,
salvando flores del naufragio,
pintando amaneceres en las emboscadas
arrebatando llaves a los calabozos
tiene que haber dejado un leve resplandor,
un beso en la memoria,
algo que no sofoque el carnaval,
que no se extinga en la comparsa de máscaras del mundo.
pero nada importa. lo sé. todo es lo mismo.
porque hay un olvido que desgarra lo sublime,
que asesina con un crujido de alas el perfume del bosque.
- y entiendo que a veces el paisaje cambia -
pero no entiendo el paisaje devastado.
yo abrazo aquel olvido en el que el fuego deja de alumbrar:
crujen las ramas y el viento ahoga la hojarasca
pero hay cenizas, como ráfagas, que avivan el recuerdo
y encienden las estrellas si lo nombro
por eso pido, por favor,
que un pájaro me eleve hasta su antiguo cielo,
(aquel que no sangra en el cuerpo cuando estalla)
y me deje dormida, tiernamente, sin que jamás lo note,
en el lugar más sereno de su alma.