domingo

crónicas de la ausencia


los días se destrozan  idénticos,
cumplen deberes, buenos modales,
respetan reglas prescritas que destronan sueños.
las iglesias conservan su color intacto
mientras dios absuelve, en la penumbra, otro asesino.
sólo los ángeles quietos de los cementerios
lloran en silencio los crímenes impunes

(te lo cuento como cuando conversábamos
en el refugio de paz de nuestro abrazo)

el viejo hospital alberga, todavía,  en sus postigos,
la música muda de lo impredecible
los carteles rezan  la plegaria del buen amor,
aunque siempre llueve al otro día, entonces,
se  pintan de sangre las paredes.
siguen las sombras conspirando detrás de las persianas
y hasta me acostumbré
al clandestino rumor de la pradera, bajo mis pies descalzos,
sin que nadie lo advierta.
a veces los niños sonríen desde las fotografías y eso hace
que vuelva a encender
aquella pequeña lámpara  (¿te acordás?)

algunas noches los pájaros se arruman en  el umbral
de nuestra última caricia, noto, entonces,
que nada ha cambiado demasiado.

(si supieras)

todo sigue en su lugar,
aunque algunas cosas envejecieron o se cubrieron de polvo
o desparecieron sin dejar rastros.
sin embargo, sé que aún están allí.
al alcance de tu mano, esperándote.
y cada gesto que te deslumbró, las flores que cuidabas,
tus relojes, tus puertos inciertos,
tu noble manía de abrazar al mundo,
continúan perfumando el aire del  pequeño pueblo.

(los que han desaparecido por completo son los atardeceres,
aquellos “relatados por tu voz querida”,
que estremecían las ventanas y el destino, por eso,
a veces, tengo que inventarlos del otro lado del cielo)