domingo

el crepúsculo posible

                                                “Escribo por acrobáticas y aéreas piruetas,
escribo por profundamente
 querer hablar. Aunque escribir
sólo esté dándome la gran medida del silencio”
 C. Lispector




Oigo ese viento. Y oigo gritos. Mariposas desgarrando el aire, en el momento frágil del último suspiro. Los árboles raquíticos suplican manantiales, con esa resistencia que estremece al mundo. La pequeña comarca se libera del perímetro hasta alcanzar el horizonte.
A simple vista todo parece igual, como hace siglos. La puntual sequía de diciembre. El olor a tierra regada, aquel olor que  sacude el corazón con dulce regocijo clandestino.
A esta hora, también, ella barre la vereda en un gesto cotidiano. Esa vereda ancestral de la memoria. Barre y lucha contra el viento, el eterno viento que levanta obstinados remolinos de otros gestos, aquellos, que a fuerza de abandono, han perdido el nombre. Tiene puesto un  vestido con flores que parecen encenderse en ese ritmo incesante de querer desterrar la ausencia. Pero la ausencia vuelve. Vuelve en el sonido de sus propios pasos. En los remolinos rebeldes de ese viento, con luz propia,  que torna fugitiva la esperanza. Nada parece ser de nadie (ni los recuerdos) y  la vana ilusión de los días sencillos agoniza lentamente en la vereda.
A esta hora, en que todo se oscurece, el pueblo se vuelve luminoso un breve instante. Ese viento despeja las sombras que dejó la muerte y las lleva al andén de la vieja estación, donde vibra, al lado de Dios, el crepúsculo posible.